Con más de 40 años de trayectoria y una vida dedicada a la simbiosis entre la ecología y las letras, Grisell Rivera es homenajeada regional de la 21.a Filven Monagas. Su obra, que se recoge en más de cinco libros publicados y en diversas antologías, reafirman a Rivera como una guardiana de los fonemas olvidados.

Su camino, que inició a los 18 años con la publicación de “La niña de los ojos pardos”, alcanza hoy una madurez literaria que busca devolverle la voz a los pueblos originarios de la región.
Una carrera de resistencia cultural
Desde sus inicios en la poesía de corte social y romántico, Rivera ha transitado por diversas preocupaciones humanas. Como ecologista, su obra ha denunciado la ruptura entre los hábitats naturales y la ciudad, como quedó plasmado en su libro bilingüe (español-guarao) “Regreso al río, la ciudad me hiere”.
Su trabajo ha sido reconocido fuera de las fronteras regionales; ejemplo de ello es su obra “Regreso a tierras de agua”, la cual fue premiada por la Fundación Ubujo Ana (Mangles Rojos) del estado Delta Amacuro. Su actual investigación doctoral la llevó a un encuentro profundo con la cultura chayma, motivada por las conversaciones con su tutor, el maestro poeta Rogelio León.

“Quise rescatar la palabra que fue deformada con la llegada de los españoles”, explica Rivera. Ese esfuerzo se materializa en su nueva obra infantil “Turemikire”, cuyo título recupera el sentido semántico real del término: “Asiento de los pericos”.
El legado de una maestra
La también autora de “La maestra en bicicleta” y colaboradora de la Revista Tricolor enfatiza que su labor trasciende el reconocimiento personal. Para ella, el objetivo de su última obra es puramente cultural: “La intención principal no es el ego del escritor, es el reconocimiento de una cultura que se ha olvidado, que es la cultura chayma”.
Su deseo es que este trabajo sirva para que los propios pueblos originarios reconozcan y preserven su herencia a través de la lectura.
Sembrando para el futuro: El orgullo del semillero
Más allá de su obra personal, Rivera dedica gran parte de su energía a formar a quienes tomarán el relevo literario en Monagas. Como facilitadora de la Escuela Nacional de Poesía, su mayor satisfacción no reside en los premios propios, sino en los logros de sus alumnos.
“Una de las cosas que nos proponemos como escritores actualmente es acercar a la juventud y a los niños tanto a la lectura como a la escritura, porque ya nosotros estamos de paso y queremos compartir con ellos como un nuevo semillero para nuevas generaciones”, reflexiona la autora.
Ese orgullo se hizo tangible en esta edición de la feria, donde sus estudiantes de la Escuela Nacional de Poesía pudieron presentar sus propios poemarios. “Ese es el mayor orgullo para un facilitador”, concluye Rivera.
Para la homenajeada, quien confiesa sentirse “muy orgullosa de ser mujer monaguense”, la 21.a ha sido la oportunidad para que el estado se reencuentre con su propia historia y asegure que el amor por las letras permanezca vivo por muchas generaciones más.
