Los sonidos de la pluricultural identidad venezolana ofrecen testimonio en la Bitácora del Mirlo

Cada sonido tiene su historia y cada historia tiene su sonido. Bajo esa implícita premisa, Jhoel Arellano nos invita a recorrer a su lado las «sonoridades de un mapa», un viaje de re-conocimiento por nuestros territorios para experimentar el sentido que hombres y mujeres han encarnado a partir del «campo sonoro» que históricamente constituyen. En…

Cada sonido tiene su historia y cada historia tiene su sonido. Bajo esa implícita premisa, Jhoel Arellano nos invita a recorrer a su lado las «sonoridades de un mapa», un viaje de re-conocimiento por nuestros territorios para experimentar el sentido que hombres y mujeres han encarnado a partir del «campo sonoro» que históricamente constituyen.

En «La bitácora del Mirlo», presentada en la 17ª Filven, sonido e historia se funden y con-funden en el cuerpo de quien las experimenta, bajo una mirada que reconoce en ellas su común e inseparable transitar. Que cada sonido tenga su historia significa que responde a un contexto, a un lugar que vuelve posible su surgimiento, el sonido es, por tanto, un devenir social. Que cada historia tenga su sonido, significa que todo acontecimiento humano adquiere potencialmente una expresión sonora.

Alejados de una interpretación exegética, cabría pensar que el «campo sonoro» que la experiencia humana funda se encontraría atravesado por el sentido en sus tres dimensiones: semántica, sensible y orientativa. En las sonoridades, por tanto, es posible rastrear un significado, una experiencia del cuerpo y un pro-yecto, cual hoja de ruta.

Quizás por ello, Arellano nos invita a pensar que el campo sonoro «se constituye en su devenir como un mapa y un genoma social durables». Empero, no habría en su hipótesis intención alguna de amalgamar la diversidad que el campo sonoro expresa; al contrario, según la clave de lectura ofrecida por el ministro Freddy Ñañez, intérprete de ocasión, el autor logra esquivar las dos corrientes hegemónicas que niegan la diversidad, tanto aquellas que diluyen lo local en lo global, como aquellas que responden a este acto con un gesto de reconciliación identitaria cuyo resultado es la negación de las diferencias y conflictos propios de una cultura viva.

Así pues, Arellano lograría dibujar con su trabajo un mapa cuya mayor virtud y potencia se encuentra en el re-conocimiento y puesta en circulación de la diferencia entre aquello que tradicional e institucionalmente habría sido pensado como unidad indiferenciada. Como todo mapa, cada sonoridad encuentra también su relación con las otras, de modo que aquello que las separa nos muestra simultáneamente aquello que las re-une y comunica.

El anecdótico texto de Arellano sirve idealmente para leer nuestra historia y nuestra cultura a contrapelo de la historiografía tradicional. Re-conocernos en nuestra historia sonora y musical nos permite experimentar en carne propia la herencia de luchas y la diversidad que nos constituye como pueblo. «Venezuela es la música que sus mujeres y hombres crearon, desde sus albores hasta nuestros días», afirmación que resume la clave sonora bajo la cual Arellano interpreta la historia patria.

OL

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